Posteado por: Julian | 1 octubre 2017

Paseandoando en el salar de Uyuni

Al despertar del día 15 Salí rumbo a la frontera Argentina Bolivia, el paso fronterizo de la Quiaca, me atravesé de punta a punta toda la Argentina,  5121 kilómetros de punta a punta, tuve dificultades en el paso fronterizo del lado boliviano porque los agentes estaban almorzando y me toco esperar poco más de 1 hora mientras los amigos regresaban a las casetas, después de las 2 de la tarde me dirigía rumbo a potosí pues tenía toda la intensión de llegar a Uyuni esa tarde, sin embargo poco después de pasar la ciudad de Tupiza, a unos 5 kilómetros más delante de un peaje, una nube negra se acercaba peligrosamente.

Nunca le he temido a la lluvia cuando voy en moto, sin embargo fue mucho el miedo cuando empezaron a caer trozos de granizo del tamaño de pelotas de golf, como aún no estaba en el centro de la tormenta rápidamente hice un giro en u para regresar lo más pronto posible, el peaje no me lo cobraron debido a que se observaba la nubosidad furiosa frente a nosotros, a 3800 metros de altura con mucha dificultad la moto prende, cada segundo era valioso, una gota de sudor frío bajo por mi espalda, pero finalmente la moto prendió y a la velocidad que me permitían las muchas curvas de este paraje pude regresar a la ciudad de Tupiza, sin embargo a unos 500 metros de llegar al pueblo lo que empezó como una lloviznita se convirtió en un fuerte aguacero solo para terminar con una granizada monumental, imagino que pasaría tal vez un minuto pero la vía se puso blanca, gélida, resbalosa, frenar era imposible, como pude llegué a la berma, deje la moto allí y corrí a una casa cercana no sin antes mojarme totalmente el cuerpo, ni tiempo dio para protegerme un poco, las calles polvorientas de Tupiza se convirtieron en arroyos furiosos que me llegaban hasta la rodilla, temía porque la moto fuera a caerse en ese vendaval pero 10 minutos después, tan rápido como había llegado la lluvia cesó.

Totalmente mojado no quedaba otra que buscar hotel aunque solo eran las 4 de la tarde no había otra en un clima tan adverso como este, navegando entre las lagunas de lo que antes era una calle empedrada pude llegar a un hotel cerca del centro de la ciudad, la moto como una reina en un amplio garaje, piscina y un desayuno buffet me convencieron inmediatamente, 80 bolivianos la noche y la total tranquilidad de una cama caliente para secar todo mi traje, mis botas, las medias, las maletas y hasta el pelo que también había terminado mojado esa tarde.

El horario en Bolivia es una hora más que en Colombia, pero una hora menos que en Argentina, para mí esto estaba bien porque nunca he sido muy bueno para madrugar, y con la llegada a Bolivia ya tenía una hora más para poder dormir antes que se acabara e la hora programada para el desayuno, delicioso por cierto,  punto para Bolivia, el destino de hoy era llegar al Salar de Uyuni, desde este punto hay 2 formas de llegar, una tiene 200 kilómetros directamente Tupiza Uyuni, sin embargo es una vía sin asfaltar, y considerando el vendaval de la tarde anterior preferí ir por lo seguro esta vez y tomar la vía de 400 kilómetros pasando por Potosí, su historia y su cerro rico y luego tomar la vía rápida hasta Uyuni.

Desde que leí las venas abiertas de América latina de Eduardo Galeano siempre me causo gran curiosidad la ciudad de potosí, la que en época de la colonia gracias al comercio de plata y metales preciosos de su cerro rico llego a convertirse en la capital de America, como se observa en su arquitectura y monumentos, fue gran financiadora de las guerras españolas hasta que se acabó el mineral y también la ciudad, hoy sigue siendo una de las ciudades más importantes de Bolivia, pero nunca será lo que fue.

 

Tuve que tomar una decisión, conocer Potosí o el salar, el segundo fue el ganador, después de un almuerzo de carretera, no muy sabroso por cierto, continúe los siguientes 200 kilómetros con ansias de llegar al desierto de sal más grande del mundo, no sin antes parar en 2 retenes de la policía donde con controles de velocidad quisieron conocerme y también mi moto y mi historia, si bien yo venía cumpliendo juiciosamente la norma, en modo paisaje, es muy atractivo para las autoridades un medio loco como quien cuenta esta historia con una bandera pegada en la silla de su moto, y con miles de kilómetros recorridos y miles de historias por contar, en el primer reten fueron 15 minutos, me hicieron algunas recomendaciones y muy amablemente me dejaron seguir, el segundo poco más de 20 minutos, amables y tranquilos hablamos de Tupiza y la granizada, de Quiaca  y la frontera y del cilindraje de la pechugona, que nunca habían visto pues en estas tierras predominan las motos pequeñas y las 1200 BMW, me recomendaron un hotel en Uyuni, un saludo, un sticker, tener cuidado en las noches, y no exceder los límites de velocidad y ahora si a continuar mi ruta.

 

En toda Bolivia, el galón de gasolina cuesta para los nacionales, 3.5 bolivianos, hasta ahí normal, cuando iba a poner gasolina después de muchos kilómetros recorridos,  me doy cuenta que por ser extranjero cada galón es cobrado a 9 bolivianos, la causa de este dramático cambio tiene que ver con que el gobierno de Evo Morales, subsidia a los Nacionales y al resto de visitantes el alimento para la motoneta es cobrado a precio internacional, que me voy a poner a discutir, póngale gasolina extra, pero ojo, denme factura porque no voy a subsidiar la corrupción de los empleados de la gasolinera, fue así que en algunos casos cuando exigí factura y no tenían en la bomba me la vendieron al mismo precio de los nacionales, creo que fue por mi físico del altiplano, jeje jeje.

 

Uyuni como tal no me gusto, es un pueblo olvidado de dios, calles polvorientas, basura en las esquinas, los carros deteriorados, en fin dicen que Bolivia o la amas o la odias, hasta ahora va ganando la segunda, no he encontrado ese encanto mágico de otros países, en la ruta conocí unos italianos viajando en una Yamaha Fazer 1000, unos monstruos haciendo ripio en una superbike, vienen conociendo el mundo desde Italia, que aunque parece incomoda, los ha llevado por más de 50.000 kilómetros sin inmutarse, con ellos estaré  el salar al día siguiente.

 

830 am, listo para partir, listo para el Salar, Valentina y David listos en su fazer, a 20 kilómetros de Uyuni se encuentra la ciudad, que digo ciudad, 3 casas que conforman el pueblo de Colchani, la entrada al salar, al principio un poco temeroso por la fuga de aceite de mi suspensión, es necesario recorrer 5 kilómetros atravesando el caserío , la lluvia de la noche anterior hacia que el salar estuviera húmedo, con grandes charcos, David en su fazer, andando a la velocidad del demonio, la salmuera del agua entrando en los rincones del metal, el calor del motor generando una costra blancuzca en las paredes del motor, pero ya entrados en gastos lo  que se ha de pasar que suceda ya, entramos al salar en medio del agua, al paisaje lunar, a uno de los momentos más hermosos de todo el viaje, el blanco de la sal del desierto, el azul del cielo, el resplandor del agua sobre el suelo formando un espejo salado, un espectáculo digno se ser admirado, y más aún cuando el agua genera resplandores que hacen que el cielo se pierda en el horizonte y se duplique en su reflejo.

Después de mil fotos nos despedimos, ellos continuaron su camino, al llegar a un punto me metí en un lodazal tan terrible que me quede enterrado, para mover ese escaparate tuvimos que sacarla entre 4, no es ni cinco de fácil mover los casi 300 kilos que estaba pesando esa pechugona, el olor del lodo salado es horrible, cual carne podrida, en Colchani no fue posible lavar la moto y si o si teníamos que lavarla porque la sal pudre lo que sea, me volví a encontrar con los italianos y regresamos a Uyuni, allí lavamos la moto y cayo y cayo y cayo sal, toneladas de sal caían de la moto, de mis pantalones y de mis botas, un espectáculo bizarro pero desconocido para mi hasta ese momento. Respirar en Uyuni se dificulta, los pulmones arden cuando corres, pero se hincha el pecho cuando con alegría cumples otros de los hitos del viajero.


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